Dedicado a ti... que sin tiempo...y a tiempo, siempre estás
ahí, a ti reloj sin agujas, en devaneos inconstantes, donde las horas pierden
el sueño y duermen en deshoras de latidos alternos...de sonrisas y lágrimas,
sobre un papel emborronado con los delirios de un duende travieso, que me
sonríe tal vez por nada o quizás por todo, por todo aquello que los recuerdos
guardan encerrado en su prisión de huesos, forjados en la fragua de los sueños,
tal vez por nada tan importante, como esa bola mágica, donde calla la voz, y...
llenas de vida, las sombras buscan espejos de luz, caminando con los pies
descalzos en los sueños de una duda muerta que suspira ausencias, encadenada
con eslabones de esperanza a una soledad que acaricia con sus silencios, las
atronadoras rutinas del alma.

Dedicado a ti...amado amante... de caricias sin dueño, que en los silencios de luz, caminas hacia mí, como un soldado eterno con su fusil cargado de besos y caricias de pólvora, rastreando en la trinchera del desván de sus recuerdos, las voces que alumbran con su perfume, la sordera de una mirada, que con el alma agostada, busca el guiño travieso, de esa dama de plata...farola incandescente, que baña con la calidez de su luminaria, los deseos de mar de una vieja barca.

Aullidos de placer, de un tonto y viejo corazón, que ni el tormentoso aguacero acerbo, impide que viaje en el tiempo, buscando en el planeo de una piedra plana, los cálidos colores del invierno y los frescos sabores del verano. Porque aunque tú no lo sepas, son tuyos mis pasos, porque tú y yo, somos aguja e hilo del mismo sastre, de este humilde alfayate, iluso poeta de verbo cojo y latido grande, que lleva en la cancela de sus labios, una sonrisa y un beso, para intentar colorear con su luz, las sombras de una lágrima de vida.
Dedicado a este maravilloso territorio, lleno de latidos de soldado y almas
de papel, dedicado al hombre del espejo, ese...que guarda al niño que vive
bajo su piel, apaciguando el ruido y calmando la sed.
Eduardo J. Eguizábal Torre