A AMBOS LADOS DE LA VIDA
Hay dos hermanos, fruto del mismo amor,
que separados por sus padres,
nunca podrán abrazarse,
ni compartirán sueños, juegos e ilusión.
Siempre nacen con la muerte,
pereciendo al surgir la vida,
siempre arrastrando la efímera suerte,
que les regalan la noche y el día.
La niña, tibia y plateada,
con frescos besos y alegres trinos,
a su padre despierta cada mañana.
El niño con un cálido sonrojo,
a su padre manda a la cama,
y, con apasionado guiño de ojos,
a su madre con fervor reclama
su amor, su muerte, su distancia;
un mismo corazón,
para cuatro almas,
siempre juntas, siempre separadas.
Mágica brevedad la
de sus almas niñas,
que aun ausentes entre nubes y brumas,
atrapan nuestras miradas perdidas,
de entre las prisas, el bullicio y las dudas.
Eduardo J. Eguizábal Torre
