Rehén
Rehén sumiso del que dirán,
víctima de
mis propios miedos,
he perdido
la mitad de mi vida,
soportando
la capa de inmunda gloria,
cortesía
ruin con la que mis carceleros
camuflaban
mi día a día,
disfrazando
la verdad y atando mis sueños.
Mascaras de
sonrisas en el cielo,
cuna de
impotentes lágrimas el suelo,
devuelven
las paredes el ahogado eco,
de los
rebeldes y estériles gritos del preso.
Dejo hoy atrás, la jaula de
oro,
barrotes de
dorado humo,
cadenas de
plateado hielo,
mágica fantasía
del dorado presidio,
camuflajes
de pesado plomo.
Ya por fin
se ha roto mi celda de cristal
estalla, vacía
de todo, llena de nada;
quiebro los barrotes de oro impío,
dejo atrás cadenas de falsa
plata,
sacudo de mis alas el plomo, y a volar.
Como la venganza no va de la mano
conmigo,
a los fariseos guardianes de mi
encierro,
en mi alma y mi corazón solo un
deseo,
túnica de plomo a su recuerdo pongo
abrigo,
ancla de oro , cadena de plata y, al mar del olvido.
Eduardo J.
Eguizábal Torre
