EL ANDÉN
Y EL NARANJO
Eran las cinco de
la tarde, y el viejo banco de la estación, empezaba a bañarse con los últimos
rayos de sol de marzo; azotaba un leve pero persistente nordeste, que mecía
las hojas del naranjo; nadie se habría percatado, de como ni cuando había
llegado hasta el pequeño jardín, que adornaba la marchita y decrépita estación de
tren, de no haber sido por el constante esmero que Mario, el jefe de la estación le
dedicaba.
Un nervioso gorrión
con su incesante gorgojeo, parecía como si quisiera aclarar la garganta, para
entonar el ultimo aria de la tarde; un par de gaviotas con su estridente y
agudo graznar, en su alocado ir y venir de un lado a otro, perfilaban en el
empedrado suelo su sombra y nos anunciaban la proximidad de la costa.
Mario notó como la
suave brisa del mar acercaba su aroma hasta el andén, la soledad y belleza del
momento, le hicieron subirse al vagón de los recuerdos, que circulaba por las
enmarañadas vías, que el tren de su dilatada vida, había ido recogiendo en cada
estación.
Bajó su mirada
para contemplar las gastadas vías, otrora de un negro brillante y cargadas de
vida; ahora en cambio, herrumbrosas y mortecinas, tan solo ocupadas en soportar
el monótono trasiego de los mercancías y su frío chirriar.
Volvió la vista,
caminó hacia el banco, el viejo e
imperecedero banco, el último vestigio de la antigua estación de tren, que con
el paso del tiempo había ido amoldándose a las nuevas tendencias de la estética,
la modernidad y el progreso, para perder la belleza y vistosidad de antaño, a la
par que el calor humano, que el continuo trasiego de pasajeros daban a la estación;
las solitarias esperas, las conversaciones, las, a veces, tristes despedidas,
las miradas encontradas, los ojos llorosos, la alegría de los reencuentros,; un
sinfín de sensaciones y motivos, que día a día, se repetían en el andén de la
antigua estación.
Se sentó en el
vetusto banco y el aroma de las flores del naranjo, le trajo a la memoria aquella
fresca mañana de primavera que, perdida en el tiempo, que no en su recuerdo. Había
una niebla bastante espesa cuando salió de su puesto en la estación, para
controlar la llegada del expreso del sur, cuando entre la bruma, y, abrazada
por vaho que desprendía la vieja maquina de vapor, su dibujaba la figura de
Nuria.
Nuria. Su antigua
compañera de escuela, su pasión escondida, su deseo, su amor desde la infancia.
Su amiga Nuria, su secreto, su esperanza; y él su báculo, su
confidente, el paño que soportaba las penas, las lágrimas de amor, que de cuando en cuando laceraban su corazón,
y, que él hacia suyas para sentirse algo mas.
¡Nuria! Exclamo.
Ella giró su cara, en su rostro tenia una mezcla entre alegría y pena; un
rostro, que ni con la expresión que ahora ofrecía, había perdido la belleza que
desde siempre había cautivado a Mario; no era una mujer singular, ni un canon
de belleza, vamos como muchos de sus amigos decían, ¡de bandera!; pero para
Mario, esa tez morena, esos ojos castaños oscuros, ese cabello negro y
ondulado, ese cuerpo esbelto, con sus curvas poco marcadas, según él, en su
justa medida; eran importantes, pero no tanto, como la dulzura que todo su ser
irradiaba, su viva mirada, el corazón que para con todo el mundo tenía; tan
solo......... un pequeño fallo, a él nunca le había mirado como él la miraba, con
los ojos que tan solo un enamorado puede mirar.
¡Mario!. Dijo
ella, me voy, no soporto por más tiempo vivir aquí, me veo encerrada, como si estuviera encerrada entre cuatro paredes, me ahogo, necesito ver algo más que nuestro
pequeño, monótono y asfixiante pueblo;
nunca sucede nada, no hay nada que ya me llene. ¡Me voy, no digas nada!
Se agarró con su
mano al bastidor que tenia el vagón del tren, subió los dos peldaños que
llevaban hasta la puerta de acceso, el tren silbó. Mario levanto su farol y dio
el permiso al maquinista, el tren comenzó a moverse.
Nuria, te quiero, siempre te he querido; acuérdate
de mi cuando estés lejos y recuerda, que aquí se queda mi corazón abierto, la
puerta de mi vida es todo lo que te puedo ofrecer, ¡!cuando tú quieras, ¡te espero!.
Palabras que el
fragor del tren oculto a los oídos de Nuria.
Mario se acerco a
la ventanilla al paso del vagón del tren, le tiró un beso a Nuria, al tiempo
que le acercaba un sobre.
Nuria lo cogió, estaba cerrado con una leyenda: .ABRELO,
CUANDO LA SOLEDAD Y LA DESESPERACIÓN, ABRACEN TU CORAZÓN.
(Dentro del sobre había
escrito:
SIEMPRE FUI EL
PUENTE YO,
QUE A LA OTRA ORILLA A CRUZAR TE AYUDÓ,
MIRA AHORA EN TU CORAZÓN,
CRUZA EL PUENTE
SOLA Y SIN MIEDO,
Pasaron dos años,
Mario recordó el aroma del perfume de azahar que usaba Nuria, y, de como le
gustaban el sabor y el olor de las naranjas.
Y Mario plantó un naranjo.
Han ido pasando
los días, los meses, los años;veinte y Mario sigue esperando, sigue cuidando el naranjo, como a su vida, entregando en cada poda, en cada riego, en cada trato; todo el amor que a ella no podía ir dando.
Y la sigue esperando, en la nueva estación, en el viejo banco, a la sombra del naranjo.
con la esperanza enraizada en su corazón, continua alimentando aunque las mustias ramas de su vida se vayan entregando al inexorable paso del tiempo.
con la esperanza enraizada en su corazón, continua alimentando aunque las mustias ramas de su vida se vayan entregando al inexorable paso del tiempo.
EDUARDO J. EGUIZABAL TORRE.
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