sábado, 12 de julio de 2014

EL ANDEN Y EL NARANJO

EL ANDÉN Y EL NARANJO

Eran las cinco de la tarde, y el viejo banco de la estación, empezaba a bañarse con los últimos rayos de sol de marzo; azotaba un leve pero persistente nordeste, que  mecía  las hojas del naranjo; nadie se habría percatado, de como ni cuando había llegado hasta el pequeño jardín, que adornaba la marchita y decrépita estación de tren, de no haber  sido por el constante  esmero que Mario, el jefe de la estación le dedicaba.

Un nervioso gorrión con su incesante gorgojeo, parecía como si quisiera aclarar la garganta, para entonar el ultimo aria de la tarde; un par de gaviotas con su estridente y agudo graznar, en su alocado ir y venir de un lado a otro, perfilaban en el empedrado suelo su sombra y nos anunciaban la proximidad de la costa.
Mario notó como la suave brisa del mar acercaba su aroma hasta el andén, la soledad y belleza del momento, le hicieron subirse al vagón de los recuerdos, que circulaba por las enmarañadas vías, que el tren de su dilatada vida, había ido recogiendo en cada estación.
Bajó su mirada para contemplar las gastadas vías, otrora de un negro brillante y cargadas de vida; ahora en cambio, herrumbrosas y mortecinas, tan solo ocupadas en soportar el monótono trasiego de los mercancías y su frío chirriar.
Volvió la vista, caminó hacia el banco, el viejo  e imperecedero banco, el último vestigio de la antigua estación de tren, que con el paso del tiempo había ido amoldándose a las nuevas tendencias de la estética, la modernidad y el progreso, para perder la belleza y vistosidad de antaño, a la par que el calor humano, que el continuo trasiego de pasajeros daban a la estación; las solitarias esperas, las conversaciones, las, a veces, tristes despedidas, las miradas encontradas, los ojos llorosos, la alegría de los reencuentros,; un sinfín de sensaciones y motivos, que día a día, se repetían en el andén de la antigua estación.
Se sentó en el vetusto banco y el aroma de las flores del naranjo, le trajo a la memoria aquella fresca mañana de primavera que, perdida en el tiempo, que no en su recuerdo. Había una niebla bastante espesa cuando salió de su puesto en la estación, para controlar la llegada del expreso del sur, cuando entre la bruma, y, abrazada por vaho que desprendía la vieja maquina de vapor, su dibujaba la figura de Nuria.
Nuria. Su antigua compañera de escuela, su pasión escondida, su deseo, su amor desde la infancia.
Su amiga Nuria,  su secreto, su esperanza; y él su báculo, su confidente, el paño que soportaba las penas, las lágrimas de amor, que de cuando en cuando laceraban su corazón, y, que él hacia suyas para sentirse algo mas.
¡Nuria! Exclamo. Ella giró su cara, en su rostro tenia una mezcla entre alegría y pena; un rostro, que ni con la expresión que ahora ofrecía, había perdido la belleza que desde siempre había cautivado a Mario; no era una mujer singular, ni un canon de belleza, vamos como muchos de sus amigos decían, ¡de bandera!; pero para Mario, esa tez morena, esos ojos castaños oscuros, ese cabello negro y ondulado, ese cuerpo esbelto, con sus curvas poco marcadas, según él, en su justa medida; eran importantes, pero no tanto, como la dulzura que todo su ser irradiaba, su viva mirada, el corazón que para con todo el mundo tenía; tan solo.........  un pequeño fallo, a él nunca le había mirado como él la miraba, con los ojos que tan solo un enamorado puede mirar.
¡Mario!. Dijo ella, me voy, no soporto por más tiempo vivir aquí, me veo encerrada, como si estuviera encerrada entre cuatro paredes, me ahogo, necesito ver algo más que nuestro pequeño, monótono y asfixiante  pueblo; nunca sucede nada, no hay nada que ya me llene. ¡Me voy, no digas nada!
Se agarró con su mano al bastidor que tenia el vagón del tren, subió los dos peldaños que llevaban hasta la puerta de acceso, el tren silbó. Mario levanto su farol y dio el permiso al maquinista, el tren comenzó a moverse.
 Nuria, te quiero, siempre te he querido; acuérdate de mi cuando estés lejos y recuerda, que aquí se queda mi corazón abierto, la puerta de mi vida es todo lo que te puedo ofrecer, ¡!cuando tú quieras, ¡te espero!.
Palabras que el fragor del tren oculto a los oídos de Nuria.
Mario se acerco a la ventanilla al paso del vagón del tren, le tiró un beso a Nuria, al tiempo que le acercaba un sobre.
Nuria lo cogió,  estaba cerrado con una leyenda: .ABRELO, CUANDO LA SOLEDAD Y LA DESESPERACIÓN, ABRACEN TU CORAZÓN.

(Dentro del sobre había escrito:
SIEMPRE FUI EL PUENTE YO,
 QUE  A LA OTRA ORILLA A CRUZAR TE AYUDÓ,
 MIRA AHORA  EN TU CORAZÓN,
CRUZA EL PUENTE SOLA Y SIN MIEDO,
 EN LA OTRA ORILLA TE ESPERO YO.)

Pasaron dos años, Mario recordó el aroma del perfume de azahar que usaba Nuria, y, de como le gustaban el sabor y el olor de las naranjas.
Y  Mario plantó un naranjo.
Han ido pasando los días, los meses, los años;veinte y Mario sigue esperando, sigue cuidando el naranjo, como a su vida, entregando  en cada poda, en cada riego, en cada trato; todo el amor que a ella no podía ir dando.
Y la sigue esperando, en la nueva estación, en el viejo banco, a la sombra del naranjo.
con la esperanza enraizada en su corazón, continua alimentando aunque las mustias ramas de su vida se vayan entregando al inexorable paso del tiempo.





                                        EDUARDO J. EGUIZABAL TORRE.

V.